Desde los primeros minutos después del sismo de 7.2 grados y en medio del caos y el shock, fueron las bicis las que movieron primero a las personas y después los víveres y medicinas en una labor que hoy sábado todavía no termina.

Por Ramón Arizmendi Casas

La ciudad a las dos de la tarde del 19 de septiembre era un caos. La gente tenía miedo de permanecer cerca de los edificios y más de entrar; las banquetas llenas de vidrios rotos y cornisas caídas obligaban a los peatones a permanecer sobre el arrollo vehicular, mientras todos los automovilistas estaban desesperados por volver a casa por calles en las que los semáforos no funcionaban. Esa era nuestra realidad.

En medio de la histeria colectiva, la gente sacó sus bicis para desplazarse por una ciudad sin pies ni cabeza, sorteando carros y camiones, edificios derrumbados. Muchas personas tomaron Ecobici para llegar lo más rápido posible a buscar a sus familias, y que por cierto, aún no han devuelto. Conforme pasaban las horas, la tensión aumentaba pues ni la electricidad ni la telefonía celular funcionaban; sin embargo las personas en bici recorrían la ciudad como nunca lo habíamos atestiguado.

LA MESSLIFE PRESENTE
Con los primeros centros de acopio la participación ciudadana se hizo patente llevando víveres, medicinas y herramientas para comenzar de inmediato con la remoción de escombros y asistencia a damnificados. Pero la realidad en ese momento en una ciudad con sobrepoblación de autos era un tráfico infernal que no permitía el tránsito de mercancías para la emergencia.

En este momento fueron los bicimensajeros quienes voluntariamente se presentaron en los Centros de Acopio dispuestos a mover de manera gratuita y rápida la mercancía a los puntos de desastre.
Con ellos vinieron más ciclistas prestos a ayudar en la colecta y distribución de víveres, herramientas y medicinas, pasando entre autos que llevaban horas parados y distancias que parecen infranqueables en bici una y otra vez.

MÁS CICLISTAS

Al caer la noche todavía había colonias que no contaban con energía eléctrica. Por sus calles se veían pasar algunos ciclistas con sus luces tintineantes buscando dónde apoyar a mover escombros, vestidos con chalecos de colores fluorescentes y cascos de construcción. Para la media noche en las redes sociales era muy frecuente leer a voluntarios ciclistas preguntando dónde podían ayudar, a dónde llevar cosas para salvar vidas.

A la mañana siguiente el ánimo no decayó, desde el amanecer los carriles confinados para el Metrobús eran obligadamente compartidos entre los autobuses, los ciclistas, motociclistas y vehículos de apoyo y de transportación de víveres. Sorprendentemente y en medio del desastre, por fin compartíamos esos carriles tan deseados.

Por la tarde de ese miércoles en el Jardín Alexander Pushkin, sobre Álvaro Obregón, en el corazón de la Colonia Roma, se podían ver a cientos de voluntarios cargando camionetas y camiones en cadena humana, y a ciclistas sentados en el pasto exhaustos compartiendo una botella con agua y algo más. Sin embargo, cuando alguien gritó que la ayuda era necesaria en Xochimilco, todos se pusieron de pie y aprestaron sus maletas para ser llenadas y llevar la mercancía a su destino con la misma fuerza y determinación con la que comenzaron el día.

Mis respetos para todos ellos, los mensajeros. Mis respetos para todos ellos, los ciclistas, que sin dudarlo tomaron las calles para ayudarnos a los demás a pasar más rápido este trago tan amargo que mi ciudad está pasando.

Ahí están los ciclistas, tan repudiados por los automovilistas, que prestan su vida y su fuerza para ayudar con desinterés a quien lo necesite. Afortunadamente todos nos dimos cuenta de ello, y yo por lo menos, espero que nos respeten más.

NOTA
Muchos ciclistas en las calles. Muchas tiendas abrieron sus talleres para prestar apoyo mecánico gratuito, agua y baños a los que lo necesitaran. ¿y las grandes marcas y las grandes empresas dónde están?

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