El viaje y el camino van de la mano. A veces, como dice Serrat, se hace camino al andar, y a veces el camino ya está hecho. Revisemos un poco la historia de la calle, para después adentrarnos en el concepto del viaje por la ciudad.

Por Patricio Ruiz Abrín @Neuve / Fotos: Wikimedia-Wikipedia

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Uso de bolardos en grabado de 1776 para dividir el espacio de peatones y carretas. De dominio público.

 

Para los que realizamos un viaje en la ciudad, los caminos suelen ya estar construidos, y suelen tener un nombre como calle, callejón, calzada, avenida, bulevar, eje, circuito, viaducto, carretera, autopista, etc. En los últimos se han popularizado términos como “calle peatonal”, para referirse a una calle exclusiva para el tránsito a pie; ciclopista, ciclovía y carril bus–bici, para referirse a espacios pensados casi exclusivamente para circular en bicicleta, y también las vías exclusivas para circular en vehículos automotores cuentan con sus propias deformaciones como viaducto elevado, segundo (y tercer) piso, y autopista urbana.

En los principios de la sociedad, el sendero conectaba un lugar con otro, y el espacio entre las casas generó las calles. En un principio las calles se caminaban, y el espacio que esa actividad exigía era poco. Por eso en las ciudades medievales y anteriores el ancho de las calles estaba en directa relación con sus principales ocupantes: las personas.

Tiempo después llegaron los carruajes, y la calle engordó donde pudo para dar lugar al paso de los caballos con sus carruajes. Hasta aquí, la calle seguía siendo unitaria: quienes la transitaban no solían subir o bajarse de las banquetas, pues estas dejaron de existir con la ciudad medieval, y dependiendo de cómo lo miremos, en ese momento toda la calle era banqueta.

Para el siglo XIX, las ciudades fortificadas comenzaron a demoler sus murallas, y con su crecimiento generaron nuevos modelos de calle. En la Ciudad de México, las fortificaciones habían caído siglos antes con la conquista, y desde entonces se utilizó una traza cuadrada para construir la ciudad, que podemos observar claramente en el primer cuadro de la ciudad, donde se irían replicando los nuevos modelos de casas y también de calles, como los que podemos observar en la colonia Roma y Condesa.

En Europa a finales del siglo XIX llegarían las bicicletas y con ellas, quienes andaban en bicicleta lucharían por que se recubrieran las calles con un material uniforme. Así, poco después surgiría el pavimento que conocemos. Muy poco después, los mismos que lucharon por hacer de la calle un espacio viable para transitar en bicicleta conocieron comenzaron a utilizar el automóvil, y a fomentar la construcción de las primeras carreteras (1). Una vez más, la calle —donde pudo— engordó para darle paso al más obeso de todos los que se mueven en ella: el auto. Poco a poco, conforme el tiempo fue pasando y el uso del automóvil generalizándose, la calle adaptándose para permitir el flujo más rápido y de más coches. A su vez, quienes andaban a pie y en bici (recordemos que antes convivían en el mismo espacio, y esta imagen aún se conserva en algunas poblaciones) relegándose cada vez más a sus espacios confinados, o a los bordes de los carriles de extrema derecha o izquierda.

Años después, las ciudades del mundo comenzaron a registrar pérdidas de vidas muy altas, y en el caso de Copenhague, el índice de fatalidad de niños que viajaban a la escuela se volvió alarmante. La sociedad decidió tomar acción, y a razón de esto, en los años 70 comenzó un movimiento de la sociedad por la reivindicación de los espacios seguros para transitar en bicicleta, hace cuarenta años. Con éste, se generaron las vías exclusivas para andar en bicicleta, pensando principalmente en la seguridad de los niños.

NOTAS

1 Reid, Carlton en Roads were not built for cars, Island Press 2014

 

 

 

 

 

 

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