Apto-Ramp

Durante septiembre se celebra el centenario del natalicio del escritor zapotlense, un gran impulsor del uso de la bicicleta como medio de transporte.

Por Miguel Asa

¿Qué animales seremos cuando abordamos la bicicleta? ¿Qué tipo de bestiario portan las terracerías, las calles, la avenidas, las carreteras cuando volamos en bicicleta? ¿Cómo será la visibilidad de la presa en dos ruedas? ¿De qué manera se nutren los halcones de velocidades en las lomas? ¿Cómo perciben nuestras alas al universo cuando vamos sin pedalear? ¿Qué bestias se postran es nuestros efímeros cuerpos al flotar? ¿Qué habría pensado una bestia escritora sobre el campo del diálogo que provoca la bicicleta? ¿Qué bestias somos en las manos del viento? ¿Flotar? ¿Seguir? ¿Pedalear? ¿Ser? ¿Sentir?

 

En el Centenario del natalicio de Juan José Arreola, este 21 de septiembre de 2018, compartimos una de las máximas del escritor jalisciense: su peculiar gusto por la bicicleta. Y con ello, en tardes de ocasos rodantes me pregunto, ¿de qué manera influyó el jamelgo de fierro en la escritura de este ciclista literato?, y la magia se vuelve espectacular.

 

Originario de Zapotlán el Grande, Jalisco, hoy también llamado Ciudad Guzmán, el autor de una literatura diversa, entre cuentos y prosas como Confabulario, Bestiario, Palíndroma, o Prosodia, y entre su narrativa como en La Feria, era aficionado al velocípedo, mismo que pregonaba como medio de transporte alternativo en sus años mozos.

 

Es esa acción en la que cuestionó el ritmo del pedaleo de su prosa poética o poesía prosaica como él la denominaba, pues pareciera que uno observa desde la bicicleta una lotería de imágenes de diversos volúmenes, colores filosóficos e idealistas, de pieles galácticas y de un viento rosa, así aves, así felinos, así la paz como la fealdad de la memoria. Esta lotería es de un imaginario mágico que surge al paso de las dos ruedas como si fuese el resultado de una charla con las bestias y los sueños de la nubes, toda la extravagancia de los silentes recuerdos, los murmullos de la feria, la reunión de las fábulas que uno percibe dentro del equilibrio de creernos flotar.

 

Al conmemorar 100 años del escritor, ajedrecista y del también ciclista, celebramos desde el paseo que nos permite la voracidad del vértice que se encuentra en el vértigo del pedalear sus letras, su vida, sus contextos y su permanencia dentro de los caminos, pues reconocer el amor de su padre como el docente desarmador y armador de bicicletas le llevó a crear y recrear historias únicas, posibles, vigentes, inauditas, constantes.

 

Dialogar con el sonido que provocan las llantas de la bicicleta al traspasar el tiempo es hoy día como uno de aquellos rituales babuchos en que el niño Arreola imaginaba sin cesar la iracunda espiritualidad y misticismo que surge de nuestro país telar.

 

¿Qué sería de la literatura sin bicicleta? ¿Qué sería de la razón sin el ritmo del pedaleo? ¿Qué letra no encuentra trayecto en bicicleta? ¿Qué temperaturas de la furia debe contemplar un ciclista? ¿Qué afronta el equilibrio al volar? ¿Cómo se resiste a la poesía cuando se anda en bicicleta? ¿De qué manera entregamos el alba al rocío sin modificar la dirección vertical del manubrio horizontal? ¿Cuántas bestias debemos dominar para que el influjo aliento no mienta al pedalear? ¿Cuántas veces Arreola? ¿Cuántas veces nosotros? ¿Cuántas bicicletas? Son cien años nada más.

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